SOCIEDAD Y CULTURA

Revista El Magazín de Merlo, Buenos Aires, Argentina.



martes, 7 de noviembre de 2017

Un día como hoy de 1946 se despedía el Dr. Salvador Mazza, cientificismo argentino quien honro el juramente hipocorístico hasta el fin de sus días.

En la historia de la humanidad, no es infrecuente que determinadas personas que sobresalen por su talento, humildad y hombría de bien sean relegadas al ostracismo por sus pares "notables", del cual solo emergen gracias a su tenaz y audaz esfuerzo. Un ejemplo de ello lo constituye el científico argentino Salvador Mazza.

Mazza nació en la ciudad de Buenos Aires el 6 de junio de 1886, y fue criado en Rauch, provincia de Buenos Aires. El niño Salvador heredó de sus padres la religión católica, la disciplina y la tenacidad en el trabajo. Hijo de padres inmigrantes sicilianos provenientes de Palermo, Italia, estudió en el Colegio Nacional de Buenos Aires. Ingresó a la Facultad de Medicina en 1903 y obtuvo su título en 1910. 

Al poco tiempo de recibido y ya como bacteriólogo del entonces Departamento Nacional de Higiene, se le encomendó la organización del lazareto de la isla Martín García, lugar donde los inmigrantes hacían su cuarentena antes de entrar al país. Allí comenzó sus primeros estudios científicos sobre el cólera en pacientes provenientes de Europa y Medio Oriente.

 En 1916 viaja a Europa para efectuar estudios de profilaxis de enfermedades infecciosas. En 1920, ya de regreso en el país, es nombrado jefe del Laboratorio Central del Hospital de Clínicas de Buenos Aires.

El doctor Salvador Mazza era un personaje de una entereza extraordinaria; su estatura mediana, sus pequeños ojos achinados y su avanzada miopía le imprimían un aire de científico rebelde. Era enérgico, se cuenta que muchas veces se enfurecía cuando algún proyecto propio fracasaba por culpa de la inoperancia de algún funcionario burócrata. La ciencia argentina le dio la espalda varias veces. 
Enfermedad cardíaca de Chagas Mazza.

Intentó fabricar penicilina a muy bajo costo en el país, con el respaldo de Sir Alexander Fleming. Entonces, en los claustros de la Universidad de Buenos Aires se rumoreó de forma malintencionada un posible interés de su parte en procurarse un pingüe negocio. También, al habérsele otorgado por intermedio del Ministerio de Educación la ayuda económica necesaria para la creación de programas sociales sanitarios, fue acusado de desprestigiar a la Argentina por "inventar enfermedades donde no las había". 

Otro tanto recayó sobre Mazza cuando propuso quemar los ranchos en salvaguarda de la salubridad jujeña. Se lo tildó de "desequilibrado mental y piromaníaco", porque quería pasar a la historia exterminando un insecto inofensivo. A pesar de ello, Mazza logró registrar cerca de mil infectados con la enfermedad de Chagas y otras enfermedades infectocontagiosas, por medio de gran cantidad de trabajos de campo realizados en diversas provincias del norte argentino (2). Debieron transcurrir muchos años para que los trabajos de Salvador Mazza fueran aceptados en el país y gozaran de un reconocido prestigio. Se dice que Salvador Mazza "discurría por la vida con la velocidad de un tren"

Salvador Mazza no se quedaba quieto ni un instante. Viajó en varias oportunidades, tanto al continente europeo como al africano. En 1918 conoció en Alemania a Carlos Ribeiro Justiniano das Chagas. Mazza había quedado deslumbrado unos años antes por las descripciones que había realizado Chagas sobre la enfermedad. Las investigaciones del Dr. Chagas también habían sido motivo de descrédito por sus pares, y fueron precisamente los aportes de Salvador Mazza los que completaron y confirmaron los estudios iniciados por el Dr. Cha-gas. "Hablar de esta enfermedad es tener a los gobiernos en contra", le advirtió el especialista brasileño a Mazza, quien confesó a su par argentino:
Hay un designio nefasto en el estudio de la tripanosomiasis. Cada trabajo, cada estudio, apunta un dedo hacia una población malnutrida que vive en malas condiciones; apunta hacia un problema económico y social, que a los gobernantes les produce tremenda desazón, pues es testimonio de incapacidad para resolver un problema tremendo. Pienso que a veces más vale ocuparse de infusorios o de los batracios que no despiertan alarmas a nadie. 

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